España, entre la anarquía y la anomia

5 Nov

Dice el diccionario de la RAE en una primera acepción, que la anomia es el conjunto de situaciones que derivan de la carencia de normas sociales o de su degradación. En una segunda acepción se refiera a un trastorno del lenguaje que impide llamar a las cosas por su nombre.

Para nuestra ilustre institución, que fija, abrillanta y da esplendor a nuestra lengua, la anarquía es la ausencia absoluta de poder público y también significa barullo, incoherencia y confusión.

No hay nada más que echar un vistazo rápido a las noticias en nuestro país para ver que nuestra sociedad se mueve entre lo anomía y la anarquía, entre la degradación de las normas sociales y el barullo y la confusión. Entre la carencia de normas y la imposibilidad de llamar a las cosas por su nombre.

Pongamos unos cuántos ejemplos. Situaciones como las vividas en la ‘semi-huelga’ general, donde violentos piqueteros impedían a trabajadores ejercer su sagrado derecho a ir a trabajar, sin que los responsables de dichos desmanes tengan que responder ante la Justicia en la mayoría de los casos. Por no hablar de los antisistema que dejaron Barcelona como si de Beirut se tratara saqueando y quemando las calles ante la perplejidad, impotencia y rabia de la ciudadanía.

En nuestra vida cotidiana vemos cómo diariamente se incumplen las normas de tráfico en las carreteras, los chavales hacen ‘botellón’ y fuman canutos en la calle pese a su prohibición, muchos dueños de perros peligrosos pasean sus animalitos sin bozal, los bares atronar a los vecinos sin que se proceda al cierre de los mismos y así hasta un largo etcétera.

Para la Wikipedia la anomia es la falta de normas o incapacidad de la estructura social de proveer a ciertos individuos de lo necesario para lograr las metas de la sociedad.  Y es aquí donde llegamos a la madre del cordero. La estructura social, ese eufemismo del poder político y económico, es la clave de la anomia/anarquía española, por acción y por omisión. Es complicado cumplir las normas, como se sabía en la antigüedad, emanadas de un poder que no llama a las cosas por su nombre, que no se caracteriza precisamente por ser ejemplar y que hace dejación de sus funciones. Sólo hay que ver los frecuentes casos de corrupción y de ineptitud de nuestra ‘estructura social’ para entender el incumplimiento de las normas por parte de los ciudadanos, si a eso se le une una administración de Justicia lenta e ineficaz el plato del desaguisado está servido.

No es casualidad que para muchos historiadores y anarquistas fuera nuestro país en el que más posibilidades tuvo la anarquía de triunfar allá por el siglo pasado. Los nostálgicos del útopico régimen no deben perder la esperanza, a lo mejor su sueño está próximo. Salud y anarquía.

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