Educación para el Civismo Junio 14, 2007
Posted by victornunez in Política.trackback
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Se está hablando en estos días mucho, vamos que está en el candelabro, de la asignatura de Educación para la Ciudadanía, una engendro de la dictadura progre, una soflama más de la Religión de lo Políticamente Correcto que pretende “educar” a los tiernos retoños en una especie de Educación en el Espíritu Nacional, pero sin Nación y sin Espíritu. A los padres de la patria no les importa el fracaso escolar, ni la violencia en las aulas, tampoco les preocupa las Altas Capacidades, ni la desvertebración de nuestro sistema educativo. Les preocupa mucho adoctrinar a los chavales sobre temas morales y políticos sin darse cuenta de que estas materias no son de su competencia, es más, según recoge nuestra Consititución que ampara la libertad de enseñanza, es patrimonio de los padres.
Todo esto está muy bien. Pero ahora me pregunto yo ¿por qué a nadie parece preocuparle que cada vez exista menos respeto hacia el prójimo en nuestra sociedad?. Me explico: los chavales ya no llaman a los profesores de usted, tampoco a los mayores, ni a nadie, ya que te pueden endilgar el epíteto de carcamal. Tampoco hay respeto por la religión (bueno, a unas más que otras, sobre todo si no tienen nada que ver con el cristianismo), por la patria (¡menudo palabro fascista!), hacia los ancianos (total para lo que les queda), ni hacia las embarazadas (¿quién tiene hijos en estos tiempos?) ya ni siquiera existen esas pegatinas en el trasporte público que nos recordaban la prioridad de las futuras madres en los asientos del suburbano.
Profesiones antes respetables como la de maestro (nada de educador) o la de médico quedan reducidas a meros tratantes de conocimientos o de medicamentos. Si un joven con pantalones caídos y una gorra -no vaya a ser que se le resfrié el cerebro- escucha la música a todo volumen en el metro o autobús molestando a todo el personal circundante, no pasa naaaaá, si en un restaurante un ejecutivo pega gritos a su móvil para que todos nos enteremos de sus entresijos laborales, no hay que decirle ná de ná ya que está haciendo un uso de su libertad. Si estás tranquilamente en tu casa y al vecino le da por reunirse con sus amiguetes hasta las tres de la mañana, no se te ocurra increparle ya que está disfrutando de su inalienable derecho al ocio. Si a la señora de turno le peta aparcar en doble fila para comprarse unas medias en la calle Serrano en plena hora punta, bloqueando un carril ocasionando un atasco considerable, no le reproches su actitud, está haciendo uso de la ley “la calle es de todos”. Si a un grupo de energúmenos les da por celebrar la victoria de su equipo destrozando el mobiliario urbano y pegando alaridos, es solo una forma de expresar el amor por sus colores.
Por todo esto, yo propongo cambiar la dichosa asignatura por otra mucho más sencilla: Educación para el Civismo, su único mandamiento “Tu libertad termina donde empieza la de los demás”.
LA TIRANIA DE “LA MARUJA”
Cuando oímos noticias relacionadas con la ablación que sufren las niñas en algunos países de lo que aquí en occidente consideramos el tercer mundo, ponemos el grito en el cielo por considerar una aberración que a la mujer se la prive de su derecho a la libertad de disfrutar de su sexualidad y de las condiciones infrahumanas en que se practica dicho método. Ante semejante situación Occidente asume la obligación de organizar y llevar a cabo campañas de educación especialmente dirigidas a las mujeres, ya que ellas son las guardianas y las que se encargan de poner en practica esas antiguas tradiciones familiares.
Por consiguiente, las mujeres occidentales nos podemos considerar en cierto modo afortunadas por no ser castradas sexualmente, y digo en cierto modo porque aquí en occidente las mujeres sufren otro tipo de castración, la castración intelectual.
Como estudiante de Física de la Universidad de Zaragoza es bastante frustrante comprobar como una mujer que se plantea como reto superar las dificultades académicas que se proponen en clase no tienen ningún valor si previamente no recurre a ciertos trucos vulgares que por tradición siempre se han practicado.
No trato de juzgar la moral de nadie, pero creo que por no seguir “la tradición” no debería ser sometida a opiniones subjetivas y ser blanco de molestas impertinencias.
Las relaciones de las personas se basan en el respeto mutuo, el respeto a las diferencias que las distingue aunque sean contrarias a tu modo de ver las cosas. Creo que pertenecer a un grupo en el haya personas diferentes no solo es enriquecedor por las aportaciones que puedan hacer sino porque al ver nuevas ideas puedes obtener una mejor y renovada proyección social que la que se puede obtener de “la tiranía de las tradiciones”.
María José González Sofin
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